La Fuente de La Guancha (Por Don Leoncio Rodríguez)

Varios han sido los escritores que se han fijado en La Guancha para dejar sus impresiones en narraciones o pasajes de sus obras. En esta ocasión traigo a este blog a un reputado periodista y escritor de nuestra Isla, pues en su obra figura una descripción de La Guancha muy bucólica, que creo debe ser recordado.
Don Leoncio Rodríguez (1881-1952) fue, entre otras cosas, fundador del diario La Prensa, que posteriormente se transformó en lo que hoy conocemos como El Día. Gran conocedor de la Isla y su Naturaleza se adentró en ella para escribir un libro imprescindible titulado: Los árboles históricos y tradicionales de Canarias.

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En una de numerosas descripciones de parajes de Tenerife dedicó en su libro Estampas Tinerfeñas estos párrafos a La Fuente de La Guancha, que comparto con ustedes para su mayor difusión y conocimiento.

 

ESTAMPAS TINERFEÑAS.

Vega de Icod… Extramuros del pueblo. El viejo camino de herradura, plegándose a las sinuosidades del terreno, avanza entre plantíos de viñedos y cercas desportilladas ocultas bajo la maraña de las zarzas. Las huertas, escalonadas a las márgenes del camino, en constante declive, parecen tableros de ajedrez con sus alfiles de naranjos en flor. Abajo, al centro de la Vega, la cúpula de una torre recorta su silueta al medio de una alta palmera y un drago corpulento, de varonil arrogancia, erguido como un centurión al lado de su doncella.
Al llegar a un rellano topamos con una cuesta de desnivel imponente, toda ella empedrada. Esta cuesta, según nos dicen, hace oficios de “tobogán” una vez al año, allá por las fiestas de San Andrés, patrón de los vinos y tutelar de toda esta comarca, tan abundante en mostos y bodegas. Para utilizar el “tobogán” las mujeres se traban las enaguas y sobre un pequeño tablón se deslizan por la dura pendiente, sin deshonestas exhibiciones. Tal es la precaución que adoptan contra las miradas atentas de los mozos que desde abajo presencian el vertiginoso descenso de las festejeras mozas.
De los moradores de estos lugares se refieren curiosas anécdotas. Algunas de ellas, además de ingenio, revelan verdadera argucia. Tal es, por ejemplo, la costumbre de llevar refajos encarnados todas las mujeres. El motivo es bien sencillo. Denunciar la presencia de la Guardia Civil cuando alguna pareja se interna por estos lugares en busca de prófugos. La primera vecina que divisa los guardias se levanta las sayas y muestra la tela encarnada, que quiere decir, en lacónicas palabras: “¡Civiles a la vista!…”. Y, en el acto, como respondiendo a una rigurosa consigna, de risco en risco y de poblado en poblado van apareciendo las señales rojas de las enaguas, anunciando la presencia de los civiles. Y si algún prófugo hubiere por los contornos, al pregón de alarma se apresura a ponerse a buen recaudo, internándose en el cercano pinar. Tal es el rigor conque se lleva esta práctica, que aunque una vecina se halle en desavenencia con otra ninguna deja de levantarse las sayas.
* * *
Nos internamos por el pinar de Icod, haciendo alto en una moderna casa forestal, construida en medio del bosque, en el sitio que llaman El Frontón, a mil doscientos veinte metros de altura. Lugar estratégico para admirar el panorama que ofrecen las largas cordilleras pobladas de pinos, y entre los bastidores del maravilloso escenario, el cono azul del Teide, con estrías de nieve, como un mágico telón de fondo realzando el paisaje.
Pero hemos sentido, a la vez, una impresión desoladora. La tristeza que nos produce el lamentable aspecto de una gran parte del pinar con los ahumados troncos hendidos por las hachas leñadoras, mostrando las horribles huellas de las bárbaras mutilaciones. Y, sin embargo, ¡qué fortaleza la de estos viejos troncos, medio cercenados, resistiendo año tras año la furia de los vendavales! ¡Heroicos y sufridos pinos canarios, de hondas y seculares raíces, “que penetrando a través de las rocas van a buscar humedad en las profundidades del suelo y se complacen en sus escabrosidades, deteniendo las rocas que se desprenden de las montañas”. Habitante privilegiado de las altas regiones, como decía el inolvidable benefactor del arbolado, don Sabino Berthelot. “Árboles que los habitantes de las islas han colocado bajo la salvaguardia de la religión. Pinos seculares y venerados que la piedad de los campesinos ha consagrado a las Vírgenes milagrosas”.
* * *
Más allá, colindante con estos bosques de Icod, el pinar de la Guancha, descendiendo desde altas cumbres hasta profundas barrancadas, parece como un parque hecho de ex profeso para deleite y recreación del visitante.
Orgulloso con su pinar, el pueblo se afana en vigilarlo y embellecerlo con tanto empeño, que, según nos informan, en los últimos cincuenta años se han poblado de pinos más de quinientas hectáreas de las mil que abarca hoy en conjunto.
De este celo del vecindario es buena prueba esta inscripción poética que leemos en un cartel colocado en un tronco de un pino gigantesco, ya en las proximidades del pueblo:
Lugar sagrado es un bosque
donde el alma se recrea;
¡maldita de Dios la mano
que lo tala o que lo incendia!
Y llegamos al caserío de la Guancha, donde nos rodean gentes afables y hospitalarias, que nos prodigan las mayores atenciones.
El alcalde nos lleva a su casa, un viejo edificio solariego donde se respira ambiente de labranza. Desde una ventana contemplamos el riente panorama del pueblo con sus casitas blancas y sus grandes extensiones de terrenos cultivados hasta el último rincón.
Pueblo trabajador, por naturaleza y abolengo, los que ahora, cerrados los caminos del mar, no pueden irse a América como antes, se dedican a hacer transacciones comerciales en las islas, o se consagran a rudimentarias industrias de alfarería, o a la fabricación de frontiles, harneros y balayos, que dan a toda la comarca un sello especial por la profusión de manufacturas indígenas. Y es pueblo, además, de magnífico litoral, con ensenadas tan abrigadas como la Cueva del Diablo y la de Marrero, de gran porvenir para el tráfico comercial y la pequeña industria de pesquería, que sustenta no pocos hogares.
* * *
Pero lo que más ha realzado el nombre y la fama de la Guancha ha sido su fuente, oculta en las estribaciones de una montaña, entre grandes helechos. Otra fuente, como la de Vilaflor, de vieja tradición histórica y romántica. La socorrida leyenda del bizarro capitán español que sorprende a la moza en la fuente y se lleva luego, como un trofeo, el “gánigo” roto de la bella indígena desaparecida entre la espesura del bosque.
¿Leyenda? ¿Sucedido histórico? Una viejecita que hallamos en las afueras del pueblo, pasado el Calvario, nos confirma cuanto tiene de arraigo en la fantasía y en el alma de estas gentes la tradición famosa.
-¿No vieron la fuente? Pues no han sentido cómo lloran las aguas…
Cuando cruzábamos luego la montaña, camino otra vez del pinar, parecía en realidad que el pequeño chorro de la fuente se quebraba en el “gánigo” roto de la desaparecida doncella del cuento.
Y sentimos toda la emoción de aquel poema rústico, transmitido de padres a hijos; de la vieja leyenda, tan sentimental, tan isleña, que parece como un canto a la virtud y altivez de la raza indígena.
¡La fuente de la Guancha!

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